julio 24, 2024
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Infidelidad

La infidelidad es una manifestación de la conducta humana cuyo término se usa más comúnmente en el ámbito de la relaciones amorosas, la cual consiste en engañar a una o varias personas respecto a guardar votos de fidelidad emocional y carnal. Las situaciones de infidelidad pueden ser bidireccionales (ambos miembros de una pareja) y grupales (individuos en una relación amorosa simultánea con varias personas, en situación de bigamia o no. 

La infidelidad es entonces básicamente sinónimo de adulterio. Es un engaño, una manifestación de falsedad, mediada por factores subjetivos y socioculturales, de difícil aprehensión en pocas líneas. Entender el fenómeno de la infidelidad en las relaciones amorosas desde una perspectiva más o menos consistente lleva a caminos un tanto difíciles de abordar. 

De antemano, la infidelidad es un fenómeno generalizado, que no distingue géneros. No se caerá acá en la apreciación de que el adulterio es solo perpetrado por hombres. Más bien podría pensarse en que es una cuestión de percepción que tiende a ser movediza cuando se observan las diferentes comunidades culturales.

¿Qué significa la infidelidad?

El problema base es entender que la infidelidad, como cualquier otro engaño, es una falta a la confianza y al compromiso que supone el establecimiento de una relación amorosa. Solo es posible hablar de infidelidad cuando se han prometido votos de exclusividad en el amor y las relaciones carnales.  

Es obvio que el amor y el compromiso juegan un rol esencial en el funcionamiento y conservación de una relación de pareja, incluso cuando en la misma se conviene la participación de una tercera persona. De hecho, cómo hablar de infidelidad o adulterio en sociedades donde el matrimonio múltiple es legal y las esposas acuerdan vivir en una misma casa.

Pero, dejando a un lado la diversidad en la constitución de las parejas, tema bastante controvertido, lo que parece estar fuera de discusión es el valor dado a la fidelidad en la promoción de la cercanía e intimidad en una relación amorosa. Siempre haciendo la salvedad que dichos valores están amparados por un tipo de sociedad, en un contexto socio-cultural particular. La fidelidad como contraparte de la infidelidad favorece el funcionamiento de los vínculos maritales y la percepción de satisfacción en cada uno de sus integrantes. 

Así las cosas, la infidelidad constituye la falta de compromiso, el cual es considerado un pilar intrínseco de los vínculos afectivos reales. El compromiso es un indicador de la probabilidad de que la relación amorosa perdure y permanezca. Es a ciencia cierta el índice del vínculo psicológico que ostenta y siente una persona hacia otra. El compromiso determina el sentido y deseo de que el vínculo  persista en el tiempo.

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La fidelidad a la persona querida es un valor que puede servir de indicador
de que existe un compromiso real e intención de que la relación perdure. La fidelidad es la recompensa obtenida, que solo tiene sentido cuando es mutua. 

Las relaciones amorosas son procesos de construcción social que constituyen la mutua implicación de sus actores, según la noción de interdependencia. La infidelidad hiere directamente el tejido de esa construcción, cuando el compromiso implica absoluta fidelidad. A estas alturas, se puede afirmar que la infidelidad implica socioculturalmente la ruptura de un pacto, tanto así que el adulterio se considera una causal para el divorcio civil en muchos países.

Y no solo existen reglamentos que definen al adulterio como una falta al contrato de matrimonio, sino que la infidelidad es, en el aspecto más humano, la traición a todas esas fuerzas psicológicas positivas que estimulan la ejecución de acciones (conductas) hacia una persona o un vínculo en expresiones tales como el amor, la comunicación,  el acompañamiento, el apoyo, la salvaguardia emocional y el acuerdo.

Factores desencadenantes de la infidelidad

Cuando una persona es infiel es porque dentro de sí ha habido un cambio en el nivel de satisfacción con el vínculo, el amor y el compromiso y, en consecuencia, un deterioro de su nivel de satisfacción sexual, o viceversa. Pudiera decirse que los elevados grados de satisfacción sexual en los primeros años de una relación marital reflejarían también altos niveles de satisfacción por la unión, el amor y el compromiso. 

Pasadas las ráfagas de la pasión desbordante, que suele ocurrir entrados los años de una relación, aumentan las posibilidades de que se produzca la infidelidad de una o ambas partes. De hecho, la infidelidad es menos probable de que aparezca al inicio de un amor pasional, cuando las partes actúan de buena fe. 

En el intento de comprender por qué se dan casos de infidelidad, aun cuando en los inicios el amor romántico era un componente primordial, que estimulaba el fortalecimiento de la relación, se podría inferir que existen componentes diversos. A continuación se mencionan algunos:

  1. El grado de expectativas de la pareja, donde interviene el factor contextual. El deterioro de los valores morales y principios básicos de convivencia también puede interferir en el aligeramiento de la noción de compromiso y respeto mutuo. Pues siempre habrá la opción de que cualquiera de las partes manifieste su deseo de separación, antes de ser infiel.
  2. El nivel de madurez emocional. Aunque la edad puede redundar en una menor experiencia y autoconocimiento, la inmadurez emocional puede manifestarse también en personas sobre los treinta años.
  3. Si se conviene en que las relaciones amorosas son procesos en construcción, la infidelidad podría ser una de las consecuencias de que el vínculo, entendido como un trabajo en pareja, no superó las primeras etapas de la construcción de sus cimientos. 
  4. Es una certeza que el compromiso es una de las habilidades que las parejas deben desarrollar en co-participación. En un estado ideal, el compromiso se fortalece cuando se manifiesta en el cuidado mutuo y personal a favor de la relación amorosa. 

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A falta del fortalecimiento paulatino y mutuo de la relación y su transformación en mejores modelos de compenetración y convivencia, la vida en pareja pierde la brújula. En el peor de los casos, termina en separación por infidelidad y dejación.

5. En el punto (a) de estos factores se mencionó el componente contextual. Es también un factor de no menor importancia. Es un tema muy discutido en los medios digitales la noción de “machismo” en sociedades falo-céntricas y los roles adjudicados a los géneros. 

El machismo (su contraparte, el feminismo) es una suerte de subcultura, que versa sobre una supuesta superioridad del hombre sobre la mujer. Más allá de la igualdad de derechos entre géneros que dictan las leyes en los estados occidentales, el machismo se manifiesta en diversas asimetrías.

Una de esas asimetrías se expresa en la forma cómo las familias asumen la crianza de sus hijos, por un lado, e hijas, por otro. Aunque es un tema amplio, la cuestión primordial acá radica en la importancia que tiene esta subcultura en la modelación de los comportamientos de los futuros adultos.

El ejemplo siguiente es un caso típico y quizás extremo, pero ilustra el punto: los hombres (entendidos popularmente como machistas, aunque la psicología con criterios científicos advierte problemas disfuncionales en el comportamiento), considerados narcisistas, soberbios y egoístas, culpabilizan a su pareja de las situaciones negativas que ocurren en la relación. 

Además, la idea del vínculo de pareja se adapta a su supuesta preponderancia y excepcionalidad, de modo que ven a su esposa, a su situación marital, como algo opresivo, que impide su talento y sus deseos de abrirse paso.

Finalmente, el paso siguiente es la infidelidad y la promiscuidad. Por su parte, la mujer, envuelta en una situación de dependencia emocional (disfuncional) asume el sistema de creencias (muchas veces impuesto desde su crianza), con el fin de conservar la relación de pareja y como sistema de defensa para contener el sufrimiento. 

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